Entrevistas

CONTINUACIÓN DEL PRIMER CAPÍTULO: “El símbolo perdido”

La Sala del Templo

Esta sala era un cuadrado perfecto. Y cavernoso. El techo se encontraba a unos espectaculares treinta metros de altura y lo sostenían una serie de monolíticas columnas de granito verde. Rodeaba la sala una gradería de asientos de oscuro nogal ruso con piel de cerdo curtida a mano. Un trono de diez metros de altura dominaba el muro occidental y, en el otro extremo, oculto a la vista, había un órgano tubular. Los muros eran como un caleidoscopio de símbolos antiguos...egipcios, hebraicos, astronómicos, químicos y otros todavía desconocidos.

Esta noche, la Sala del Templo estaba iluminada por una serie de cirios cuidadosamente dispuestos. Su tenue resplandor estaba únicamente acompañado por los rayos de luz de luna que se filtraban por el amplio ojo del techo y que iluminaban la pieza más extraordinaria de la sala: un altar hecho de un bloque sólido de mármol belga, pulido y de color negro, que estaba situado en el centro mismo del cuadrado de la cámara.

"El secreto es cómo morir", se recordó a sí mismo el iniciado.

-Ha llegado el momento -susurró una voz.

El iniciado dejó que su mirada se posara sobre la distinguida figura ataviada con una túnica blanca que tenía ante sí. "El venerable maestro supremo". Este hombre, de casi sesenta años, era todo un icono norteamericano, muy querido, robusto e incalculablemente rico. Su cabello, antaño oscuro, ya estaba encaneciendo, y su famoso rostro reflejaba una vida de poder y un vigoroso intelecto.

-Haz el juramento -dijo el venerable maestro con una voz suave como la nieve al caer-. Completa tu viaje.

El viaje del iniciado, como el de todos los demás, había comenzado en el primer grado. Aquella noche, en un ritual parecido a éste, el venerable maestro le había cubierto los ojos con una venda de terciopelo y tras colocarle una daga ceremonial sobre el pecho desnudo, le había preguntado:

-¿Juras solemnemente por tu honor, sin estar influenciado por motivo mercenario o indigno alguno, que libre y voluntariamente te presentas candidato a los misterios y privilegios de la hermandad?

-Lo juro – había mentido el iniciado.

-Que te remuerda pues la conciencia –le advirtió el maestro-, y te sobrevenga una muerte inmediata si traicionas alguna vez los secretos que te serán revelados.

En aquel momento, el iniciado no sintió miedo alguno. "Nunca descubrirán cuál es mi auténtico propósito aquí."

Esta noche, sin embargo, le había parecido advertir una aprensiva solemnidad en la Sala del Templo, y su mente comenzó a repasar todas las advertencias que había recibido durante este viaje, todas las amenazas de las terribles consecuencias que sufriría si se le ocurriera compartir alguna vez los antiguos secretos que estaba a punto de conocer: "Me rajarán el cuello de oreja a oreja..., me arrancarán de cuajo la lengua..., extraerán e incinerarán mis entrañas..., las esparcirán a los cuatro vientos..., me extirparán el corazón y se lo darán a los animales del campo...."

-Hermano -dijo el maestro de ojos grises mientras colocaba su mano derecha sobre el hombro del iniciado-. Haz el juramento final.

Marcela Álvarez, Editora de TintaFresca.

El símbolo perdido

El símbolo perdido

Dan Brown
Grupo Planeta
ISBN: 978-607-07-0271-6
Precio: $24.95 - tapa blanda
Fecha de publicación: Diciembre 2010

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